Cuando peroré en su momento
en este blog sobre Lincoln, les decía
que la carrera de Spielberg parecía estar en retroceso. Esto se ha confirmado
en los Oscars. El genio de Cincinatti tuvo que sentir que la ceremonia le
transportaba a los tiempos de El color
púrpura, en los que la Academia le ponía la miel de cargarlo de
candidaturas y luego darle la hiel de un sopapo en toda la boca. Este año no ha
sido tan desastroso, las 12 candidaturas de Lincoln
al menos vieron reconocidos su dirección artística y al inconmensurable Daniel
Day-Lewis encarnando al mítico presidente estadounidense, verdadero valor y
punto débil del film. Spielberg era consciente de que el obsesivo actor
irlandés era el verdadero motor de la película y le cedía la cámara más veces
de lo necesario, ralentizando el ritmo narrativo y cediendo a la tentación de
la discursividad. Al menos debería estar alerta, ya que la buena marcha de Argo en los premios previos a los Oscars
fue más que una amenaza. Sin embargo, por una vez las candidaturas
californianas han logrado ser más marcianas que los de los Goya. ¿Cómo se
explica que Ben Affleck, que lo ha ganado todo como director, ni siquiera
estuviera en la terna finalista? Su plaza la usurpó Michael Haneke, que no iba
a ganar. Y es que al despiste de dejar al director de Argo fuera se une la fascinación de la Academia por Amor, otra muestra de debilidad de la
industria de Hollywood, que de nuevo ha tenido que cubrir candidaturas con una
obra europea. Amor no figuraba sólo
en Mejor Película en Lengua no Inglesa, que ganó de calle, sino que tenía otras
cuatro opciones. Pero hubiera sido el tercer año en que se podía impulsar un
film no estadounidense, tras El discurso
del rey y The Artist, y hasta ahí
podríamos llegar. Así que la marginación de Affleck es más sangrante si cabe. O
a lo mejor no. A lo mejor era otro sopapo a una mediocre actor que está demostrando
ser más listo de lo que se pensaba detrás de la cámara.
De todos modos, uno se
malicia de que la Academia apostaba a que Lincoln
iba a ser la ganadora. Si no ¿a qué venía el numerito final de Michelle Obama
leyendo el sobre? Hubiese sido perfecto, la First Lady dando el premio a un film
que habla del antecesor de su esposo que precisamente posibilitó que su raza
haya podido llegar a la Casa Blanca (no sabemos que pensara la First Lady de la
Mary Todd encarnada en el film de Spielberg por Sally Field, una mujer que no
soportó la presión de la presidencia y
cayó en serios problemas mentales). De todos modos, Argo era una buena opción para Michelle, pues habla de otra historia
americana. La gran diferencia entre la obra de Affleck y Lincoln es que la primera habla de la infrahistoria, la de una
disparatada operación de inteligencia que salió bien y que de paso limpia la
cara de la CIA, una agencia más conocida por sus fracasos y sus polémicas que
por sus éxitos. En cambio, Spielberg se centra en la “gran” historia, la que
está en los libros y se conmemora oficialmente. La ventaja es para Argo, pues puede usar las tácticas del
thriller entretenido frente a Lincoln
que es demasiado consciente de la grandeza de lo que cuenta y como hemos dicho
acaba cayendo en el envaramiento. Pero ambas comparten un fondo patriótico que
las hacía aptas para ser encumbradas por Michelle Obama.
Otras de las dos
finalistas también eran políticamente correctas. La vida de Pi, que le valió a Ang Lee su segundo Oscar como
director –pero de nuevo se quedó sin mejor película-, es ideal para élites
urbanas, lectores de Paulo Coelho y demás gurús de la espiritualidad New Age,
con su confuso discurso espiritualista de una persona que al final del film
descubrimos que se ha convertido en un burgués de clase media de manual -¿tanto
bote y tanto tigre para esto?-, es un film muy reconfortante. Pero el desafío
técnico es asombroso y su creativo uso del 3D hará historia, más allá de los
fuegos artificiales de Avatar. Y El lado bueno de las cosas es una
comedia de buen rollo que te cuenta lo de siempre pero con oropeles de historia
“moderna”. Le valió por fin el premio a
Jennifer Lawrence, joven actriz de gran proyección capaz de pasar por el cine
independiente de Winter’s Bone al
blockbuster de Los juegos del hambre
sin despeinarse. Con su caída incluida, Lawrence obtuvo un Oscar que llevaba
años rondándole, al igual que otra de las triunfadoras de la noche, Anne
Hathaway, que se lo llevó por aguantar una canción maravillosa en primer plano.
Esta juventud puso la frescura ante un buen puñado de actores veteranos. De los
20 intérpretes candidatos, 9 ya sabían lo que era ganar una estatuilla. Los dos
vencedores masculinos repitieron.
La caña hubiera sido
que Django desencadenado hubiese
ganado, y la First Lady hubiese tenido que lidiar con el film más macarra de
los favoritos, con una visión de la esclavitud que no tenía nada que ver con la
de Lincoln. Una vez más, Tarantino puso
la discordancia con su escéptica visión de la lucha racial, que aboga por
arreglar las cosas a tiros y no en el congreso de Washington. Es meritorio pues
sus dos galardones, al gran Christoph Waltz por su logorreíco cazarrecompensas
que domina el inglés mejor que los paletos sureños y a su guión. Un magnífico libreto
que contrastaba con el gran fallo que tenía el vencedor de Mejor Guión
Adaptado, Argo (ATENCIÓN, VIENE SPOILER). Y es que ¿por qué los iraníes del aeropuerto
no llaman directamente a la torre de control para parar el avión en vez de
correr tanto por los pasillos (FIN
SPOILER).
De todos modos, la
victoria de Argo demuestra la
debilidad del actual cine industrial hollywoodense. En otros tiempos, hubiese
sido un competente y vigoroso thriller, cine de género con estilo. Pero de ahí
a que sea la mejor película del año, es excesivo. Había otras propuestas más
arriesgadas que se han quedado fuera, más allá de potenciar a Haneke. Es el
caso de la sorprendente recreación del melodrama clásico hecha por Terence
Davies en The Deep Blue Sea, que es
capaz de hacer la difícil operación de mantener los estilemas propios del
género a la vez que los subvierte (Al menos, Rachel Weisz se merecía la
candidatura). O de otra película que también sabotea otro tipo de filmes, en
este caso los infantiles, como es la delicia de Moonrise Kingdom, del heterodoxo Wes Anderson. La candidatura a
guión original que mereció era tan lógica como insuficiente, pues debería haber
aspirado a más.
Esto dieron de sí los
Oscars 2012, entregados en 2013. Pero la presencia final de la First Lady tiene
otra lectura. Aquí algunos políticos y ciertos medios de comunicación de la
tienen jurada al cine español y allí se apoya al más alto nivel. ¿Se imaginan a
Doña Letizia dando el Goya a la Mejor Película? Ya que algunos admiran tanto al
país del dólar, deberían imitarlo también en esto.
Debo confesar que me gustan los Goya y los Oscars, y
no por ver quien lleva el escote más atrevido o el Armani mejor ajustado.
Tampoco creo que premien a lo mejor del año. Pero eso nos llevaría a un debate
teológico-bizantino sobre que es lo bueno, lo mejor y lo peor que está muy
lejos de mis intenciones. En realidad a estas galas repartidoras de estatuillas
se les pide lo que no se debe. Son premios de la industria, la española en el
caso de los Goya y la de Hollywood –o sea, LA industria- en los Oscars, y no
festivales. Se supone que a los que nos dedicamos a esta última rama se nos
pide ser más osados, más receptivos, con más reflejos para captar lo que está
empezando y a dónde va el futuro. Los premios industriales son más convencionales,
se recompensan a ellos mismos y a su capacidad de mantener la maquinaria
engrasada para llenas cines (bueno, eso cada vez menos). Es como un homenaje
que se pegan todos los años, como una fiesta de promoción anual pero abierta al
público merced a la omnipresente tele. En esa clave hay que entenderlas.
Y es un buen baremo para ver por dónde van los tiros
sobre lo que piensan los que organizan las galas. En los Goya la cosa es más
acusada. En Hollywood se pueden escapar algunos comentarios sobre el Tibet lo
más, pero el cine español es más sensible. Es de recordar la gala de hace 10 años,
la del “No a la guerra”, que granjeó al sector el odio más vesánico por parte
de la derecha y de sus adláteres de la comunicación, que desde entonces no le
dan tregua. Se olvidan de que Garci fue el ojito derecho de la lideresa
Aguirre, y que olvidando sus propias mamandurrias la extraña dimisionaria que
no aparece en los pápeles de Bárcenas le dio el oro y el moro público para sus
últimos filmes. Pero Garci hace tiempo que se peleó con la Academia y no se
señala, con lo que todo conforme. Hace una década nació el mito de los
titiriteros y demás, convenientemente jaleado por los anónimos comentaristas de
los periódicos, que cada vez que aparece una noticia sobre cine español le dan
caña. Por supuesto, eso dio morbo a la gala del 17 de febrero, pues tras la
tregua tácita del año pasado ante un gobierno que acababa de tomar posesión
como quien dice, este se preveía calentito tras el desastre en que ha caído el
país. Claro que la cuestión, que confieso no tengo clara, es si estas galas
deben se reivindicativas. Algunos se quejan de que por qué los del cine tienen
que erigirse en conciencias colectivas y líderes de opinión. Pero ¿No somos
nosotros los que lo hemos empujado a ello? ¿Resultan creíbles gente que
trabajan con sentimientos e ideas si fuera de los filmes no se mojan? Decía
Marlon Brando que le asombraba que le preguntasen constantemente por cuestiones
políticas y sociales, como si el fuese un experto… pero que más le asombraba
que siempre acababa respondiendo en vez de escaquearse. En el caso del cine
español, la reivindicación es un grito de supervivencia. Las medidas del
gobierno como el ivazo al 21% y una indisimulada hostilidad hacia los
peliculeros motivan la respuesta. Pero después de todo, ellos tienen un
escaparate para protestar en el sentido en que todos pensamos. ¿Cómo pueden
estos recortarnos y darnos lecciones cuando están liando la que están liando?
Es por ello de lamentar la extraña sombra que se
proyectó sobre la gala. Y manda carallo que n un país que acaba de pasar por
revelaciones sobrecogedoras se armará el confuso pifostio de los sobres, con el
garrafal fallo de abrir uno que no era en la categoría de canción, dejando en
la escalera a los desventurados raperos de Los
niños salvajes. No obstante, a lo largo de la noche hubo extrañas
duplicaciones de plicas, que confundieron a más de un presentador. De todos modos,
igual el mejor comentario al respecto de las reivindicaciones lo hicieron
Joaquín Reyes y sus cuates, con su humor postmoderno que puso en solfa todas
las protestas con sus absurdas peticiones, que de paso dieron el momento más
divertido de la noche. Hasta entonces, la postura oficial de la gala era el
sopapo en guante de seda, de los textos de Eva Hache y las apariciones de los
presentadores, junto con el mesurado discurso del presidente de la Academia. La
nota más radical la pusieron espontáneos como Candela Peña, sorpresiva ganadora
como Actriz de Reparto, o José Corbacho. Ambos parecían que el ministro Wert les
había matado a su madre, por lo menos.
En cuanto al cine en
sí, la Academia tuvo unas nominaciones salomónicas. Estaba el film más artístico
del año –Blancanieves, con su
relectura del cuento en una España cañí y final perverso-, el fenómeno que ha
devuelto la fe en el potencial industrial del cine español- Lo imposible-, el veterano de toda la
vida que tiene su lugar en el sol en la gala –El artista y la modelo. Aquí hay que hacer una parada. Se fue de
vacío porque se ve que la Academia este año cumplía la cuota de veteranos con
Pepe Sacristán y Concha Velasco. Y el otro gran veterano del 2012, Cuerda, ha
hecho un film desastroso. Que fuese candidato su guión era un despropósito- y
una película que ha hecho buena taquilla y ha conseguido el reconocimiento
crítico como es la andaluza Grupo 7.
El lobby andaluz, por mucho que fuesen gente de la Junta a hacerse la foto, no
debe ser tan fuerte como el madrileño o el catalán, así que el reconocimiento a
sus dos actores es muy meritorio. Era lógica la victoria de Berger y su
revisión del cuento, aunque la Academia prefirió reconocer a J. Bayona –así
estuvieron llamándolo toda la noche- como director por su gran esfuerzo al
manejar el artefacto de Lo imposible. Entre ellos estuvieron los premios, con la
excepción de Candela Peña en Una pistola
en cada mano, para muchos una de las grandes ausentes del año. Y el
galardón como Mejor Director Novel a Enrique Gato, director del film de animación
sobre Tadeo Jones, mostró una apertura de miras con cierto tono de prospectiva
de mercados. Según cuentan los que saben, la animación va a ser la gran burbuja
cinematográfica del futuro.
Entre las imágenes de
la gala, Concha Velasco aceptando el premio con una parte del monólogo que está
haciendo en teatro. Bayona dándole el premio a María Belón, protagonista
verdadera de la historia de Lo imposible.
La histeria de Macarena García y del protagonista de Juan de los muertos, que por poco se convierte allí mismo en un
zombie de los de su película. La defensa del cine comercial por parte de
Bayona. Y una especial para el que suscribe. La victoria del amigo Sergio
Oksman, alcancero de pro (jurado en 2007, ganador por Notas sobre el otro en 2008, mención especial en 2012 por Una historia para los Modlins) como
mejor corto documental por su recreación de la historia de Elmer Modlin y su familia.
Uno de estos momentos que justifica muchas cosas. Su victoria es aún más
meritoria porque en la categoría de documental suelen ganar filmes mediocres y
con tramas muy accesibles. Una historia
para los Modlins es un documental de los llamados de creación, que no
suelen figurar en los Goya. Lástima que no lo hiciera en largo el multipremiado
Mapa, de León Siminiani, ni tampoco
el gaditano José Manuel Serrano Cueto con su visión de los viejos actores de
reparto en Contra el tiempo. Aquí si
ganaron los viejos Goya y se impuso el nombre de Javier Bardem y su cansina,
hay que decirlo, reivindicación de la cuestión saharaui. Pero algo se está
moviendo en la Academia, a ver si sigue la racha. Y lo siento, pero me
alegró de la derrota del clan León, que como se descuiden se van a convertir en
el reverso tenebroso de los Bardem. No hubiese sido de recibo premiar esta
especie de homenaje apologético del canismo que es Carmina o revienta, que pasará a la historia por haber
revolucionado el sistema de exhibición más que por sus escasos valores
cinematográficos. Que metan en el mismo saco de un hipotético repunte del cine
andaluz con un trabajo tan serio como Grupo
7 es un sarcasmo.
Bienvenidos a un post
más de And the Winter is Coming. Pero
antes de leerlo unas palabras de su inspirador.
Le tengo una especial
simpatía a Alfred Hitchcock, y no sólo por la inmensa calidad de su obra, una
de las más eficaces de la Historia del Cine. Hubo un momento en los años 40 en
que Sir Alfred metió la directa y salió por prácticamente a obra maestra por
película, con muy pocos bajones. Verán, todo cinéfilo tiene en su carrera
espectadora una especie de epifanía en la que se da cuenta que las películas
con algo más que entretenimiento, que son una forma de arte. Por ejemplo, en su
divertido Diccionario de cine
Fernando Trueba confiesa que en su caso fue Ariane
de Billy Wilder, y eso que no es de las mejores obras del maestro vienés. El
adolescente Trueba se dio cuenta que en aquellos diálogos, en aquella
planificación, había una inteligencia y una construcción que merecía la pena
indagar. Así que no salió del cine y se quedó a la siguiente sesión para
estudiarlo. En mi caso el que me quitó la inocencia cinéfila fue Hitchcock. En
su momento, sus herederos liberaron cinco películas que el genio británico había
retenido. Entre ellas, La ventana
indiscreta, la segunda versión de El
hombre que sabía demasiado y sobre todo, esa obra maestra del romanticismo
gótico que es Vértigo. Seguramente
fue el film más personal de Sir Alfred, y su mala recepción a finales de los
años 50 le llevó a autosecuestrarlo y a que durante muchos años no pudiera
verse. En los primeros 80 aún
funcionaban los cine clubs y el de Cádiz hizo un maratón proyectando los cinco
filmes seguidos (los otros dos eran esa incomprendida obra maestra del humor
negro que es Pero… ¿Quién mató a Harry?
y el reto técnico de La soga). Pues
bien, fue Vértigo la que me dejo KO,
la que me demostró que más allá de la diversión el cine podía ser un vehículo
para llegar a terrenos emocionales más profundos que disfrutar de una buena
carga de caballería. Creo que mi carrera de crítico empezó sin saberlo ese día,
pues a la gente con la que iba no le gustó nada y yo la defendí. Descubrí así
la soledad del analista, luchando contra la opinión general.
De hecho, ese memorable
maratón hizo que me comprase mis dos primeros libros sobre cine. Por supuesto,
sobre Hitchcock. En esos días salió la primera edición española de la polémica
biografía que le dedicó Donald Spoto y lo consideré una señal del destino. Y también
me hice con la clásica entrevista que le hizo François Truffaut, considerado un
libro señero. Visto con la perspectiva del tiempo, este segundo trabajo es una
obra maestra más del mago del suspense, pues Sir Alfred maneja en él a su
colega francés como si fuese el público de uno de sus films, llevándolo por
donde quiere. Hitchcock hace una grandiosa maniobra de distracción alejando a
Truffaut de los aspectos más personales e inquietantes de su persona y obra. A
eso ayuda la posición del cinéfilo representante de la Nouvelle Vague, que no deja de perder en todo momento la posición
de un joven Padawan ante su maestro Jedi. El momento más divertido del libro es
aquel único en que Truffaut se permite enmendarle
la plana a Hitchcock, cuando le dice que hubiera sido mejor rodar algunas
escenas de Falso culpable cámara en
mano, “a la francesa”, para dar más verosimilitud al drama de Henry Fonda. Uno
casi puede oír la seca voz de Sir Alfred cuando responde “Pero usted que
pretende, ¿qué trabaje para las salas de arte?”. Truffaut no se debió dar cuenta de que esa
contestación incluía algo de desprecio para el renovador cine que se estaba
haciendo entonces en Europa (el libro es de los años 60), y volvió a su puesto
de rendido admirador.
Y eso que Hitch, como
se hacía llamar en la intimidad, le debía mucho a aquel apasionado francés y
sus colegas. Hasta que no llegaron ellos, la crítica no le tomó en serio como
creador artístico. Nadie le negaba su competencia como tecnócrata que era capaz
de montar espléndidos vehículos de entretenimiento, pero hasta ahí. Los popes
de la nueva crítica americana, encabezados por la temible Pauline Kael, le
negaron el pan y la sal. Fueron los europeos los que se dieron cuenta de lo que
había en realidad tras el despistante título de “maestro del suspense” Un auténtico
creador de formas, un director más inquieto de lo que parecía. Parte de la
culpa la tenía el propio Hitch, enmascarado tras su elegante traje de jefe de
ventas. Pero era de estos artistas que preferían que su obra hablase por él. Y
es que era muy íntima. Precisamente el libro de Spoto triunfa donde falla el de
Truffaut, en sacar todo lo que escondía su obra y su persona. Una psicología
torturada, infantilmente ególatra, perdido en ideales románticos que canalizaba
a través de sus rubias, Grace Kelly a la cabeza. Un romanticismo que se fue
oscureciendo a medida que envejecía y se hacía más osado y agresivo. Todo culminó
en el acoso a la que sometió a Tippi Hedren en los dos filmes que hicieron
juntos, que motivó su abandono del cine y sea conocida hoy en día como la
suegra de Antonio Banderas. Su imagen de cineasta exitoso y comercial sin duda
enmarañó ante muchos ojos la profundidad de su obra y que era más arriesgado de
lo que se pensaba. Es curioso que la Academia de Hollywood nunca le diese un
Oscar, a pesar de ser uno de los directores más rentables de la historia.
Parece que después de todo no se fiaban de que en el fondo fuese uno de los
suyos.
La radicalidad de Hitch se escondía en sus grandes
escenas donde manejaba la cámara y el montaje como nadie. Por ejemplo el famoso
movimiento de grúa de Encadenados, en
el que la toma pasaba majestuosa desde lo alto de una escalera en una fiesta a
las manos de Ingrid Bergman, que guardaban una llave clave en el misterio del
film. Para todos era un incontestable alarde técnico. Para los iniciados, una
forma de decir algo que marcó todo su cine, como era lo que se esconde bajo los
oropeles de la realidad social. En la primera parte de su carrera, estas
escenas ofrecían al mejor Hitchcock, que curiosamente se diluía algo cuando
afrontaba abiertamente un desafío fílmico. Es el caso de La soga, rodada en un plano único –aunque con trucos, pues la
tecnología de la época no permitía hacer hora y media del tirón- o Crimen
perfecto, prácticamente un teatro filmado. Pero en su madurez creativa, supo
armonizar sus obsesiones con hacer grandes y desafiantes filmes concebidos como
un proyecto global. Así, en Falso culpable
administró admirablemente una auténtica pesadilla kafkiana que es uno de las
mejores películas de terror de todos los tiempos, con ese pobre hombre común
atrapado en la maraña burocrática de una confusión policial. Además, demostró
que podía asimilar las nuevas técnicas de rodaje más realistas del momento, por
mucho que no lo captase Truffaut. Luego vino Vértigo, un fracaso en toda regla que le llevó a hacer lo que se
entendía por un film de Hitchcock para recuperar el crédito ante la industria,
un brillantísimo thriller de aventuras. Pero Hitch ya estaba en otros
parámetros, y se metió en el berenjenal de Psicosis.
A todos les chocó este
nuevo proyecto. Iba a ser en blanco y negro, filmado con equipos de televisión
y a excepción de Janet Leigh, sin grandes estrellas. Adaptaba una novela de
Robert Bloch inspirada en el estremecedor caso de Ed Gein, un granjero de
Wisconsin dominado en su delirio por la figura muerta de su madre que se
convirtió en un despiadado asesino en serie. Gein fue el modelo de bastantes
criminales de ficción, desde Norman Bates hasta el Buffalo Bill de El silencio de los corderos. El libro de
Bloch tiene mala prensa sobre todo desde que en el citado libro de entrevistas
Truffaut la condenó como “novela tramposa” y ha influido mucho en su recepción
posterior, pero es un thriller bastante eficaz. Los estudios no creían en el
proyecto de Hitch y éste tuvo que producírselo todo. Además de un pingüe
negocio –Psicosis costó unos 800.000
dólares y recaudó unos 50 millonacos- el director se garantizó así poder
rodarla como le vino en gana. Su experiencia en economizar rodajes gracias a los
episodios televisivos que filmó en los años 50 le permitió hacer un trabajo
rápido y directo. Aumentó el grado de intensidad sexual –los sujetadores de
Janet Leigh y sus apasionadas carantoñas con su amante en la escena inicial- y
de violencia –la escena de la ducha, el apuñalamiento de Arbogast en la
escalera- hasta entonces inéditos en una producción standard de Hollywood. Aunque
curiosamente lo que a la oficina de censura le trajo de cabeza fue la
exhibición de urinarios en la película. Psicosis
además rompió moldes en estructura. Es un film que cambia tres veces de
dirección. Empieza siendo la historia de una chica que tiene un siroco y roba
varios miles de dólares de su empresa para poder irse con el hombre que ama, y
cuando estamos metidos en ella, una madre posesiva la mata dejándonos
narrativamente en el aire. Así pasamos a la trama de un pobre chico dominado
por su progenitora, hasta que alguien dice que la señora Bates lleva tiempo
bajo tierra. ¿Y a qué nos agarramos los espectadores ahora? Psicosis fue también innovadora en su
campaña comercial. Mucho antes que Santiago Segura y sus camisetas, Hitch sabía
montar campañas promocionales unipersonales. En el film que nos ocupa se inventó
entre otras lindezas que la gente no llegase tarde a los pases, no fuera a ser
que no vieran la parte de Marion y no se enterasen de nada luego. Claro que
como ocurre en toda la obra de Hitch, los niveles de significación eran más
profundos. Spoto la calificó de “grito asesino”. Cumplidos los 60 años, la sombría
psique del cineasta se volvía más tenebrosa. Defraudado por sus rubias, ya no
las amaba a distancia, ahora las sacaba de sus filmes a la media hora mediante
el rudo expediente de filetearlas en una ducha. Es significativo que Sir Alfred
siempre dijo que lo que le atrajo del libro de Bloch era el inesperado
asesinato de Marion. El camino al mobbing de la desventurada Tippi Hedren
estaba abierto. En cualquier caso, a nadie se le escapaba el letal cóctel de Psicosis:
psicopatía, amantes furtivos muy lejos del matrimonio, necrofilia, voyeurismo,
en unos apretados y densos 108 minutos.
La historia del rodaje
de Psicosis ha sido recuperada ahora
por el film de Joseph Gervasi, que se llama como su director, Hitchcock. Intenta ir más allá de una
historia cinéfila, ya que se centra en uno de los aspectos más desconocidos de
Hitch: su relación con su esposa Alma Reville. Para algunos, era una bruja castradora,
que tenía a su esposo domado y vigilaba a sus actrices. Esta teoría ha
enmascarado durante mucho tiempo su verdadero papel de esposa, secretaria y
jefa de estado mayor del trabajo de Hitch, con notables contribuciones
creativas. La película pone esto en su sitio. En Psicosis, Alma entre otras cosas fue la que contribuyó a la
contratación de Anthony Perkins como Norman o a que Marion muriese en el primer
tercio del metraje, no a la mitad como pensaba el director. Y a que Sir Alfred
aceptase la acuchillante música que el gran Bernard Hermann compuso para la
escena de la ducha, ya que la primera idea es que fuese sin acompañamiento de
la banda sonora. Alma y Hitch estaban tan imbricados que nacieron con un día de
diferencia, aunque ella le sobrevivió dos años. Se conocieron en los años 20,
cuando Hitch despegaba y ella ya era una temprana y cotizada montadora. También
ella pulió el montaje de Psicosis
tras una primera versión que no funcionó.
Desde este punto de
vista, bien por Hitchcock. Desde
otra, no tanto. Se echa de menos más osadía a la hora de afrontar el lado
oscuro del maestro del suspense, más allá de las fallidas escenas de las
fantasías en que habla con Ed Gein o del buen momento en que ensaya la escena de
la ducha haciendo de Norman-Señora Bates y apuñalando con saña a Scarlett
Johansson como Janet Leigh. Otros detalles, como que el cineasta tenía agujeros
en las paredes como Norman en su motel para espiar, no se explotan. Y tampoco
funciona la oscilación entre el drama doméstico entre los Hitchcock y el
carácter sombrío de él. Además, las resoluciones son bastante pacatas y
moralizantes, increíbles en los que sepan la trayectoria psicológica del Hitch
posterior. Es muy decepcionante, digno de culebrón maluno, como se desenlaza la
relación de Alma con el escritor Whitfield Cook, con el que algunas fuentes
aseguran que tuvo un romance. Las interpretaciones son otro error. Además de
que el Hitchcock de Anthony Hopkins parece una celebrity de Joaquín Reyes, el
actor británico lo encarna con los referentes que tiene, que son las
apariciones públicas del cineasta o sus presentaciones televisivas. Uno cree
que en la vida privada Sir Alfred debía ser algo distinto a su personaje, con
lo que resulta bastante estereotipado. Problema que se traspasa a James D’Arcy
como Anthony Perkins. Una cosa es que este actor diese vida a Norman Bates y
otra cosa es que lo fuera. Aunque lo peor es poner a la débil Jessica Biel como
una improbable Vera Miles. Los que ganan son Scarlett Johansson, que compone
una Janet Leigh creíble y cercana, y la gran Helen Mirren como Alma, que usa la
ventaja de que apenas hay registros de la esposa de Hitch, lo que debe haberle
dado más libertad para afrontarla.
A pesar de que este Hitchcock queda muy por debajo de lo que
promete, aisladamente tiene momentos espléndidos, que hacen añorar lo que podía
haber sido este film. El mejor es aquel en que Hitch empieza a dirigir como un
director de orquesta al primer público que se enfrenta a Psicosis. Desde fuera de la sala, sus gritos le demuestran que cada
“instrumento” ha entrado en el lugar previsto. Un gran reconocimiento al que quizá
haya sabido mejor que nadie armonizar arte y gusto popular.
Hubo alguien que dijo que a los Spaghetti-Westerns
deberían llamarlos en realidad “pizza-western”, ya que el colorido de esta
especialidad italiana va mejor con el pintoresco mundo de las películas del
oeste rodadas en los desiertos de Almería con equipos mediterráneos. Curiosamente, la moda del western made in el
viejo continente empezó en Alemania, no en nuestras latitudes sureñas. A
primeros de los años 60, Harald Reinl –antiguo ayudante de Leni Riefenstahl,
jar- encaró adaptaciones del clásico autor de aventuras Karl May, con sus
conocidos personajes de Old Shatterhand y el indio Winnetou, que a una
generación de lectores alemanes encandiló a primeros del siglo XX. Entre ellos a Adolf Hitler. Eran filmes bastante pesados y
con poco ritmo, que promovían un Far West rodado en las montañas de la entonces
pacífica –o controlada- Yugoslavia, que veía así premiada su distanciamiento de
la ortodoxia moscovita. Les pongo un fragmento para que se hagan una idea de
cómo iba aquello, aunque en youtube están los filmes de esta serie colgados. Y
de vez en cuando una cadena de estas de la TDT española que ha comprado las
películas que programa al peso también las emite, por si hay alguien
interesado.
El caso es que estos filmes se hubiesen olvidado
rápido y el western europeo no hubiese dejado huella de no ser porque los años
60 fueron los del reinado del subgénero. Con un continente entonces en plena
expansión económica, con grandes bolsas de trabajadores cuyo nivel de vida
subía –quien te ha visto Europa, y quien te ve- y necesitados de
entretenimiento barato, los cines de barrio se convirtieron en una gran
industria de la época. Había que llenarlos con una auténtica factoría de
productos de género, baratos y sin complicaciones. En Italia esto fue
especialmente una fiebre. Empezaron en los 50 con las películas de romanos y de
héroes de la antigüedad tipo Hércules,
y se apuntaron a lo de recrear el western. Una misión que parecía de locos,
adaptar el género más estadounidense a unas coordenadas geográficas y sociales
distintas. Se montó una industria, muy latina por cierto, del cobazo,
intentando hacer pasar aquellas películas por obras hollywoodenses. Seudónimos
que sonaban a nacidos en Kansas, actores americanos en decadencia o que no se
comían nada en California, y, sobre todo, un calco de los modelos narrativos
del western, fueron los camuflajes para dar el pego. Como dijo el clásico,
bienaventurados mis imitadores porque de ellos serán mis defectos. Los westerns
hispano-italianos (pues ya sabemos lo que nos gusta apuntarnos a los bombardeos
cutres y los pícaros productores patrios vieron pronto donde meter la cuchara)
eran pálidos reflejos de lo que venía de Hollywood. Pero entonces llego el
comandante, en forma de un orondo y más bien oscuro cineasta llamado Sergio
Leone, y mandó parar. Su trilogía del dólar y su obra maestra absoluta Hasta que llegó su hora hicieron lo que
parecía imposible: que aquel italiano advenedizo reescribiera la historia del
western para siempre y de que se convirtiese con su estilo manierista en uno de
los directores que más ha influido en el cine contemporáneo, para horror de más
de un erudito. El camino para el oeste revisionista de Peckinpah y Clint
Eastwood, al que Leone convirtió en estrella, quedaba abierto.
A partir de entonces el discípulo se convirtió en
maestro. Las oleadas de Spaghetti-Western que brotaron de Almería a partir de
entonces tenían a Leone como referente, atraídos por los miles de puñados de
dólares que generaron sus filmes –hasta no hace mucho, La muerte tenía un precio era el film con producción española más
taquillero en nuestro país- y todos se volvieron locos, como Eli Wallach
buscando la tumba de Art Stanton al final de El bueno, el feo y el malo. Los personajes nobles desaparecieron
bajo los guardapolvos astrosos y las tramas se llenaron de corrupción,
banqueros y terratenientes desalmados, psicópatas, violencia, etc. La vieja
Europa, que venía de vuelta de muchas cosas, no se creyó lo de la nueva frontera
ni la tierra de promisión. Prefería ambientar sus tramas en los tiempos donde
la civilización había arraigado con todas sus lacras. Con el tiempo supimos
cosas como que algunos de los responsables de estas películas eran militantes
comunistas y aprovechaban para meter doctrina social. Sólo el Spaghetti-Western
podía hacer filmes tan radicales como El
gran silencio, donde los malos de la función ganan la partida sin ningún
paliativo y sin ninguna concesión a los pobres protagonistas. Por cierto, que
Michael Cimino se lo aprendió de memoria
cuando realizó esa gloriosa catástrofe llamada La puerta del cielo. Lástima que estas tramas o intuiciones tan
osadas se revistiesen de realizaciones pedestres que no estaban a la altura del
modelo: ni de Hollywood ni de Leone.
Era cuestión de tiempo que Quentin Tarantino se
topase con este género, o mejor, subgénero. En su reciclaje continuo de
material precedente carnaza de videoclub era inevitable. Cuando Quentin
encontró a Sergio. De forma consciente, se entiende, porque inconsciente ya se
había producido. Al contrario de lo que se suele creer, las mejores secuencias
de Tarantino no son las espectaculares ni las sangrientas, aunque haya una
buena ración de ellas en Django
desencadenado, sino las habladas, largos momentos de cine donde se habla
sin parar, con un ritmo de diálogos endiablado de los que no podemos
desengancharnos. Hay de esto en esta película
que nos reconcilia con el cineasta después de las dudas que dejaban sus dos
últimas obras. Death Proof era
demasiado una juerga entre amigos, a pesar de sus virtudes, y Malditos bastardos era una especie de “puedo
hacer lo que quiera”, porque yo lo valgo. Afortunadamente, Tarantino se ha
retraído y ha realizado una excelente película, aunque tal vez demasiado sutil
para los que esperen mas marcha. Recupera uno de los personajes míticos del Spaghetti-Western, creado por
Sergio Corbucci en 1966 y que tuvo una larga trayectoria, aunque cada vez en
filmes más estrafalarios que no tenían el encanto del primero. Ni Tarantino
podía igualar el gag –llamémoslo así- de Django arrastrando una ataúd toda la
película que al final contenía… una ametralladora. Pero esta recuperación es al
estilo del director, copiar para hacer algo nuevo. El personaje original,
encarnado por Franco Nero –que tiene su correspondiente homenaje- era el típico
personaje solitario del género, y el nuevo es un esclavo negro en vísperas de
la Guerra de Secesión, que vive una aventura digna de una novela decimonónica,
que es contada con todo detalle.
Es curioso que coincida en cartelera con Lincoln que da otra versión del hecho.
Como ya peroré en su momento, la obra de Spielberg es más discursiva y
política, dando una oportunidad a la democracia, aunque de forma ambigua
defienda que haya que bajar a las cloacas para defender las grandes causas. La
de Tarantino es más escéptica. En su momento, su compinche Robert Rodríguez
metió de tapadillo bajo los ropajes de una serie B una propuesta tan radical
como la defendida por Machete, en la
que renegaba de una política corrupta y apoyaba prácticamente la lucha armada para
defenderse de las agresiones de los poderosos, y parece que Tarantino sigue
esta línea. Las peripecias del esclavo Django para encontrar a su esposa –en uno
de los giros del cineasta se llama Brunhilda y ¡habla alemán!- esconden un
forma de ver las relaciones sociales muy crudas. La esclavitud y los
privilegios de los que mandan, la forma contundente de librarse de ello, como
si no hubiese otro camino que la violencia. En fin, escribiendo esto el día en
que el Bárcenasgate ha estallado en todo su esplendor, que quieren que les
diga, parece atractivo y todo. Es un film excelentemente construido e
interpretado, a excepción quizás de Leonardo Di Caprio, que sigue siendo ese
extraño actor al que la fuerza de sus personajes siempre se le escapa por algún
sitio. Hay empero dos joyas en la que fijarse especialmente. Primero, y
recuperando la idea anterior del peso de los diálogos en el cine de Tarantino, el golpe del alemán (el gran Christoph Waltz) que maneja el inglés –bueno, eso
en la versión original, por supuesto- con tal precisión que obliga al resto con
frecuencia a preguntarle por el significado del fino lenguaje que exhibe. El
segundo, el crucial personaje de Stevens, sorprendentemente encarnado por un
envejecido Samuel L. Jackson. Un esclavo con suficiente autoridad ante su amo
hasta el extremo de ser un poder oculto en su plantación, traidor a los de su
clase pero sin perder su status. Me parece un tipo muy actual. ¿Cuántos Stevens
hay hoy en las empresas modernas, voces de su amo y creyéndose que los patronos
los valoran sin caer en que son mercancía fungible? Señal de que Tarantino está
moviéndose como director y que el bache de Malditos
bastardos puede ser superado. Además de la presencia de Franco Nero, destacar
como guiño la canción de los títulos de crédito, que es la compuesta por Luis
Bacalov para el Django original.
Siempre me fascinó el tema de Abraham Lincoln, ahora
recuperado por Spielberg en un film que ha metido la directa hacía los Oscars
del mes que viene. Y no por la leyenda
creada en torno a él, ya se sabe, que era humilde, que cortaba troncos, que
estudiaba Derecho por las noches, en fin, todo lo que recubre y apoya el mito
americano del Self Made Man. Lo que
choca del honrado Abe, como lo llamarón sus contemporáneos, es ver como el
presidente que no vaciló en llevar a su país a una durísima guerra civil es el
favorito de los estadounidenses. De lo que se deduce que un político calmado
que vive en tiempos de paz no deja memoria en sus conciudadanos, pero sí los
que lanzan a los suyos a la muerte, aún cuando los del otro lado sean de la
misma nacionalidad. Viendo esto ¿a quién extraña que apoyen guerras en lugares
remotos? Pensando en la cuestión de Cataluña, me pregunto si algún Abraham
Lincoln nacional que lanzase al Tercio de Extranjeros sobre los payeses del
Ampurdán recibiría el mismo grado de apoyo. Inquietante.
Los tópicos sobre el honrado Abe son conocidos. A los
que he dicho en el primer párrafo, se unen los de su bonhomía, su paciencia
infinita, su sentido del humor, su nobleza intrínseca, etc. Un superhéroe moral
para unos tiempos revueltos. Un astuto político que usó su imagen de paleto del
Oeste para embaucar y someter a la clase política de su época, dominada por los
grandes patricios de la costa Este. Gracias a estas dotes y a su resolución Estados Unidos mantuvo su
unidad y pudo convertirse en potencia mundial en el siglo XX. Otra cuestión
inquietante. Parece que la violencia al final funciona. Pero Lincoln es una
figura más compleja de lo que sus hagiógrafos nos quieren hacer creer. Por
muchos chistes que hiciera, supongo que hace falta una gran dureza interna para
liderar sin un pestañeo una sangrienta guerra. Ni en los momentos más difíciles
de la Unión Lincoln se planteó aflojar. Es curioso que se cite mucho la
anécdota de 1832, cuando sirvió en la milicia del estado en una guerra india y le perdonó la vida a un nativo prisionero. ¿Dónde
quedó esa compasión treinta años después? Algunos dicen que esa gelidez posterior
derivaba de su amor juvenil por Ann Rutledge, que no sólo le dio calabazas sino
que murió muy pronto, dejándole bastante hundido. John Ford, que tenía pasión
por el presidente, lo contó muy bonito en El
joven Lincoln.
Es una interpretación bastante romántica. Si se sobrevive a eso se sobrevive a la Guerra de
Secesión y a un desdichado matrimonio con Mary Todd, que fue de todo menos
feliz. Para que todo sea más novelesco, Mary fue pretendida también por Stephen
Douglas, el gran rival político de Abe. Además de su difícil relación, ella
llevaba mal la carrera de su esposo, llegando a tener serios problemas mentales
que enturbiaron aún más el matrimonio.
Pero reducir la psicología de Lincoln a un amor
desdichado es demasiado simple. Tal vez la verdadera clave esté en lo que hizo
en la década anterior a su elección como presidente. Tuvo una breve experiencia
política en la Cámara de Representantes en los años 40 del siglo XIX, que
merece una paradita. Y es que su mandato coincidió con la guerra contra México
que aumentó exponencialmente el territorio de Estados Unidos. El futuro
presidente se opuso con tal vehemencia al conflicto que ni siquiera intentó ser
reelegido, pues sabía que sus votantes lo consideraban un blandengue. Qué
pensarían estos cuando años después el blandengue mandó a sus hijos a sitios
como Gettysburg. O sea, que parece que el honrado Abe no era un belicista nato,
sino que creía en el concepto de la “guerra justa”.
¿Y por qué la Guerra de Secesión le parecería justa
frente a batir mexicanos? Se dice que por el tema moral de la esclavitud, pero
no lo tengo tan claro. En una de sus famosas frases, Lincoln decía que una
nación no puede vivir mitad libre y mitad esclava. En realidad, no podía vivir
mitad con una economía agrícola precapitalista en el Sur y con un desarrollo
industrial potente en el Norte, desequilibrando mucho el país. Había broncas
continuas entre ambas regiones que fueron creciendo en los años de 1850 por
temas fiscales, de aduanas, etc., que se sobreponían a la cuestión ética de los
esclavos. El propio Lincoln tuvo una actitud algo ambigua al respecto. El caso
es que tras su experiencia en la Cámara de Representantes, entró como abogado
del ferrocarril, el sector en expansión aquellos años. Este sector fue uno de
los niños mimados de la expansión económica del siglo XIX, como las carreteras
en su momento o la informática hoy en día. Era el símbolo del progreso industrial
y todas las poblaciones querían que el caballo de hierro pasase por ellas.
Lincoln se dedicó a defender sus intereses con bastante brillantez, y eso
implicaba echar por tierra las pretensiones de los campesinos que veían como sus
posesiones eran expropiadas para poner vías. De hecho, en una célebre
sentencia, se defendía el derecho del ferrocarril a hacer lo que quisiera por
sus potencialidades expansivas para la nación. Esto oscurece un poco la figura
del honrado Abe, poniéndose a sueldo de las grandes corporaciones frente al
hombre común que según las leyendas tan bien representaba. La pregunta
subsiguiente es perturbadora. De vivir hoy ¿Sería Lincoln un abogado de esos
que aconseja a las empresas como hacer bien los ERES, que defiende el derecho a
aniquilar el paisaje en función de los intereses económicos y demás plagas del
neoliberalismo rampante? ¿Podría haber figurado en los tétricos gabinetes de
George Bush Jr.? Hay que recordar que después de todo el honrado Abe fue el
gran refundador del partido Republicano, que ya sabemos de qué pie cojea. Su
experiencia en los ferrocarriles le inspiró no sólo el proyecto de hacer una
línea que uniese Estados Unidos de costa a costa, que empezó bajo su mandado en
plena guerra, sino que había que unificar el país económicamente, eliminando no
tanto la esclavitud sino la atrasada economía sureña, que en un proceso de
expansión capitalista era una rémora. Tuvo que darse cuenta de otra cosa: que
los negros sureños debían pasar de
esclavos a ser mano de obra. Otra forma de esclavitud, que se recrudece en
nuestros tiempos del Winter is Coming. Por cierto, que lo del ferrocarril de
costa a costa de nuevo lo contó John Ford en uno de sus primeros clásicos.
El mito es demasiado poderoso, y Spielberg ha cedido
a él. Tenía curiosidad por ver si su Lincoln
rompía la preocupante regresión de su cine. Desde la excelente Munich, volvió con desgana al mundo de
Indiana Jones, lo prolongó en versión todos los públicos en su adaptación de Tintín y de forma chocante recuperó su
peor estilo, el llorón sensiblero en War
Horse. Es como si le asustasen las posibilidades que se abrió a sí mismo en
Munich. Lincoln no resuelve las dudas. Es un film con mucho más cuerpo que
las tres anteriores, pero parece que el tema tan grave y responsable le ha
podido. Hay un cierto acartonamiento, una cierta discursividad que no se
termina de despegar de la cinta. También contar con Daniel Day-Lewis es un
triunfo y un problema. Triunfo, porque el concienzudo y obsesivo actor irlandés
lo borda, consiguiendo darle a su presidente una inexplicable aura que
trasciende la mera técnica actoral. Problema, porque gran parte del guión y la
dirección se le rinden incondicionalmente y se limita a filmarle en demasiadas
ocasiones. Así como el verdadero Abe lideró
a su país en la guerra, Day-Lewis lidera el trabajo de Spielberg,
incluso anulándolo. La trama se centra en la lucha política que significó
aprobar por una levantisca Cámara de Representantes la 13ª enmienda a la
constitución estadounidense, que prohibía para siempre la esclavitud. Aunque
parezca mentira, fue duro sacarla, pues no todos estaban por la labor. Algunos
verán en Lincoln un ejemplo de
democracia en acción, pero no todo es tan sencillo. Como buen film del nuevo
orden, es ambiguo. La declaración del protagonista sobre que el sufrimiento hace
fuerte a las democracias o la frase que suelta Tommy Lee Jones como el
congresista Stevens (algo así como que el hombre más puro de América se sale
con la suya con tácticas de lodazal) parecen alusiones al momento actual y a
perdonar el todo vale. Es como si se justificase la corrupción y las malas
prácticas si el objetivo es noble. Como comprenderán, escuchar esto en un país
saturado de putrefacción política es hiriente. Tal vez esto es lo más lejos que
el Hollywood actual está dispuesto a rascar en la complejidad del honrado Abe.
Al final, se cae en el emblemático plano que han hecho prácticamente todos los
directores que se han acercado a su figura, en el que se le ve alejándose de la
cámara hacia su puesto en la Historia.
Pero los azares de la distribución cinematográfica
han hecho que el mismo día se estrenase en España otra visión del tema de la
esclavitud, totalmente distinta, Django
desencadenado. Pero de esta les hablaré otro día, que este post ya va más
que sobrado. Pero una recomendación final. Para acercarse a la figura de Lincoln
desde el campo del arte, léanse la novela de Gore Vidal llamada así, Lincoln. Una estupenda recreación de su
presidencia, y que me da que ha inspirado algún episodio del film de Spielberg.
En diciembre de 1941, cuando las tropas alemanas
estaban atascadas ante Moscú, la cúpula nazi decretó la ordenanza Nacht und Nebel, que traducido resulta
“Noche y niebla”. El nombre del invento demuestra la conexión
romántico-wagneriana de Hitler y sus acólitos, pero su contenido era terrible.
Básicamente, autorizaba a las tropas nazis en territorios ocupados a practicar
la “desaparición” de resistentes, comunistas, saboteadores y todas aquellas
categorías que se les antojasen a los agentes de la raza superior. O sea, que
si cogían a alguien lo mandaban a un campo o lo ejecutaban en secreto, sin
comunicar nada a nadie y sin dejar rastro. Si a alguien se le ocurría preguntar
por aquellos a los que se les aplicaba el Nacht
und Nebel, se les daría largas. Como sabemos, los dictadores sudamericanos
de la década de los 70, algunos de ellos admiradores del espíritu marcial
germano, aplicaron con macabra perfección esta técnica de la desaparición. Te
esfumas, no dejas nada. Es como una compensación psicológica para los
ejecutores. No nos basta con matarte, queremos borrarte del todo, tú y lo que
representabas no ha existido, nunca fue. La aniquilación absoluta de la persona
y de lo que representa.
Esta crisis que se está llevando tantas cosas se está
cebando mucho con el gremio periodístico. En pocos años miles de profesionales
de la información se han quedado en el paro y medios enteros están cerrando o
llevando a cabo ERES salvajes para intentar salvarse. Bueno, no tanto al medio
en cuestión, sino a sus jefazos, que no van a buscarse otro trabajo a estas
alturas. Mejor que ajustemos nuestras cuentas ajustándole las cuentas a los
curritos. Todo esto redunda no solo en la calidad de la información, sino en la
filosofía misma del periodismo. Si es uno de los poderes de una democracia
saludable ¿cómo puede mantener su función con plantillas escasas y
sobrecargadas, con unos directivos que piensan más en mantener su puesto que en
hacer bien su trabajo? Además, la crisis hace que los medios dependan más de la
publicidad institucional, que es la poca que va quedando, con lo que se cuadra
el círculo ¿Van a atacar a los que les dan de comer? Cada vez me indigna más
ver como los tertulianos de las cadenas televisivas ultramontanas atacan a la
administración pública y a su plantel de altos cargos. No se dan cuenta – o sí,
pero no es el discurso que quieren oír sus jefes- de que a la empresa privada
le pasa lo mismo. Sobrecarga de ejecutivos que no piensan ceder en sus
privilegios por muy mal que lo hagan. Siempre les quedará Telefónica para
apalancarse. Y por supuesto, el despiste del comprador medio aumenta. Cuando el
usuario adquiere un periódico, ¿para qué gasta su dinero? ¿Para adquirir y
mantener un medio fiable de información o para que su consejero delegado se
embolse tres millones de euracos al año?
Lo curioso es que el conflicto periodístico es
invisible. La paradoja es que los informantes no se centran mucho en ellos
mismos. Debe ser el único poder que no es cainita. Los jueces de vez en cuando
crucifican a uno de los suyos (Garzón), la policía y la Guardia Civil andan a
la gresca (o el ya famoso “¡no me peguéis, que soy de los vuestros”!), el
ejército de vez en cuando se enfrenta a sí mismo (guerras civiles, golpes de
estado), los políticos, para que decir nada. Pero los medios mantienen un
curioso silencio sobre los problemas de su gremio. Están llenos de huelgas y
ERES, pero ninguno de ellos de
periodistas. Si usted no tiene a alguien situado en el terreno que le cuente lo
que pasa, lo notará como usuario porque de pronto la gente empezará a
desaparecer. Ese columnista, ese periodista que hacía unos maravillosos
reportajes, tal crítico, tal fotógrafo, el locutor que tanto le amenizaba los
desayunos… ya no están. Nadie les ha dicho que ha pasado con ellos.
Sencillamente se han esfumado. Nacht und
Nebel a los periodistas. No están, nunca han existido, no se habla de
ellos. El problema no existe. El Noche y Niebla (parece el nombre de un cóctel,
ahora que lo pienso) ya empieza a ser previo. La mancheta (recuadro de los
periódicos donde figura el staff) del diario donde colaboraba hasta hace dos
semanas está menguadita. Sólo aparecen el director, el director adjunto y
algunos cargos del grupo. Frente a lo que suele ser habitual, del rey abajo
ninguno, es decir, no figuran redactores jefes ni jefes de sección. Les quitan
visibilidad previa para que los lectores se acostumbren a no verlos y poder
hacer con ellos los que les venga en gana. Ya ni existen “antes” de la
aplicación del Nacht und Nebel. Los
periódicos ya no los hacen gente, sino consignas y silencios.
Pero ay, este decreto no se puede aplicar con la
contundencia de los nazis. Podrán eliminar en silencio a los periodistas de sus
ordenadores, pero no están muertos. Dejar a tantos profesionales en la calle,
en la madurez personal y laboral, es liberar una fuerza que a lo mejor estaba
demasiada constreñida en unos medios que hace tiempo perdieron el mordiente.
Quién sabe lo que puede pasar, pero como dijo el clásico, los muertos que vos
matáis gozan de buena salud. Con ellos, todas las víctimas de esta orgía
neocapitalista. Cuando empieza a haber más gente fuera de los muros que dentro,
algo empieza a moverse. La noche y niebla silencia a los represaliados, pero
también hace que los que la ejecutan no vean bien el panorama. Tal vez ellos
acaben perdiéndose en su propia oscuridad.
Mi gran amigo LJ hace tiempo montó un espectáculo
teatral llamado No es tiempo de miseria.
Pues ahora podría recuperarlo llamándolo de otro modo. Sí es tiempo de miseria.
Lo peor de que la economía vaya mal –o que las élites la estén saboteando
deliberadamente para forrarse, que no lo tengo claro- no es que los bolsillos
se vacíen y que haya que pensarse seriamente gastarse los euros en una simple
cerveza con los amigos. Lo verdaderamente triste es la miseria moral que
conlleva un sistema intrínsecamente perverso al derrapar. Cuando las cosas
vienen mal dadas vemos un triste desfile, paralelo al de los parados. Lo forman
los arribistas, los aprovechados, los supervivientes profesionales, los que
miran hacia otro lado cuando compañeros suyos de muchos años son despedidos,
los que tienen que tragarse sus pasados progresistas – o así lo creyeron
muchos- en aras de seguir formando parte del pelotón de los listos, etc. Las
listas del INEM cuantifican los que no trabajan, pero a este tipo de miseria no
hay estadística que la recoja. Como tampoco se pude reducir a un diagrama la
tristeza y el abatimiento que se apodera de una sociedad estafada y a la que
hicieron creerse capitanes del barco cuando en realidad nunca pasaron de
grumetes.
Es por ello que asomarse ahora al universo que Víctor
Hugo –hijo del mariscal napoleónico que inició el asedio a Cádiz por cierto- plasmó
en su novela Los miserables es
curioso. Aquí el término “universo” es más que un recurso tópico del
articulismo ilustrado, ya que como buena narración decimonónica es un relato
complejo. Cuando tantos escritores actuales hacen pasar por novelas un puñado
de páginas con letra de gran cuerpo y un interlineado que ni los estudiantes
más tramposos hacen en sus trabajos para cumplir con la cuota de folios exigida,
volver a los clásicos del XIX es toda una experiencia. La historia del
desdichado Jean Valjean y su implacable persecución por el legalista Javert tiene
como telón de fondo la Francia de la primera mitad del XIX. Hugo publicó su
novela en los años 60 de aquel siglo y ya sabía los efectos perniciosos de la
Revolución Industrial. Aquí están los desposeídos, gente que como Fantine
podían ser despedidos por la cara, sin indemnizaciones ni paro (que por cierto,
Valjean será muy bueno, pero como buen patrón capitalista la echa sin inmutarse,
aunque luego intente enmendarlo). Gente sin sanidad pública ni ninguna
perspectiva que no sea el trabajo esclavo. Y minorías ilustradas que intentan
sacudirse el yugo de una policía represiva y al servicio de los patronos. Los
que leímos la novela en la juventud, época que se devoraban estos tochos en
horas, nos consolábamos pensando que aquel era un mundo remoto. Pero mira por
donde, está volviendo a ser real, para nuestro estupor. Todo aquello que nos
protegía de aquellos miserables está desapareciendo, y los fantasmas del arroyo
son reales. Es como la perversa inversión de la serie Cuéntame. Cuando empezó ambientada en el tardofranquismo era una
historia del pasado. Ahora que ha llegado a 1981, con la consolidación de la
democracia, la movida madrileña, la libertad sexual y demás, comprobamos
atónitos que ha vuelto a ser… una historia del pasado.
En los felices 80, cuando Los miserables era sólo una novela decimonónica y no la profecía de
una distopía del siglo XXI, unos visionarios productores teatrales franceses produjeron
un musical sobre la obra que no tuvo mucho éxito. Pero entre sus espectadores se
hallaba otro teatrero no menos visionario, Cameron Mackintosh, que la compró,
la cambió y la estrenó en 1985. Desde entonces se ha representado
ininterrumpidamente, se ha traducido a 21 lenguas y la han visto más de 60
millones de espectadores. Tuve la ocasión de verla en su montaje madrileño de
hace unos años, protagonizada por ese monstruo que es Gerónimo Rauch. Lo hacía
tan bien que ahora es el Valjean del eterno montaje londinense. Ahora se ha
estrenado la película, que aunque ha tardado estaba en el pensamiento de
Mackintosh desde el principio. La vi hace un par de días, con retraso sobre su
fecha de llegada a los cines. Y no porque no me guste, sino por todo lo
contrario. Admiro profundamente esta obra casi operística, y tenía demasiado en
mente la representación madrileña. Los que conocemos el musical sabemos que es
una partitura más que exigente, que necesita cantantes de nivel. En otras obras
del género basta con canturrear para dar el pego, pero aquí no. Para colmo de
males, estas navidades recién pasadas el citado amigo LJ y señora (sí, el mismo
de No es tiempo de miseria, como se
cierran los círculos) tuvieron a bien regalarme el DVD del concierto del 25
aniversario del musical, que es otro prodigio vocal. De ahí mi resistencia creo
que comprensible a meterme dos horas y media en un cine a ver a un grupo de
actores, competentes sin duda en lo suyo, pero que sabía que no iban a estar a
la altura canora.
Pues el resultado fue peor del esperado. Claro que toda
la culpa no es del elenco, sino del director. Los que sospechamos tras la
eficaz pero sobrevalorada El discurso del
rey que Tom Hopper era un artesano que valía lo que sus guiones nos vemos fortalecidos
en nuestra duda. De acuerdo en que Los
miserables es un musical muy teatral y estático para el cine, pero ¿no había
otra estrategia que ese montaje histérico, como si tuviese miedo de pararse y
aburrir, combinado con unos primeros planos inamovibles como el I Dreamed a Dream de Anne Hathaway
(aunque este planazo la ha puesto sin duda en el camino de un Oscar al que ya
es candidata), creando un peligroso desequilibrio narrativo? ¿No había otro
camino que esos lentes deformantes que nos retrotraen a las peores pesadillas
fotográficas del cine setentero? ¿Eran necesarias esas tomas espectaculares
donde canta el ordenador para intentar dar profundidad cinematográfica? Pero lo
peor es que el temor previo se cumple. El reparto está más que bien como
actores, en algún caso sobresaliente, como Russell Crowe, que da magníficamente
la tensión moral del legalista Javert. Pero como cantantes… en especial Russell
Crowe, que tira por la borda su gran trabajo actoral con un canturreo más que
triste. Si notan que Samantha Barks, que da vida a Éponine, está a años luz de
los demás, es por una sencilla razón: ha hecho el papel en teatro. ¿No hubiera
sido mejor dejarse de estrellas taquilleras y apostar por los profesionales del
tema curtidos en las tablas? Esto hace que la película sea aburrida, pues se
notan demasiado las costuras de un musical cuando precisamente falla en eso: en
la parte musical. Además, la versión española es más marciana pues incurre en
hábitos que parecían desterrados, como doblar las partes habladas y dejar las
canciones en original, con lo que nos van cambiando las voces cada dos minutos.
Si alguien que ha visto
la película cree que exagero, les dejo con unos vídeos. Los dos primeros son
una comparativa, con el primer encuentro entre Javert y Valjean en el film y en el concierto del 25 aniversario, para apoyar mis argumentos. El
tercero es una letra que deberíamos ir aprendiéndonos si el tiempo de miseria
sigue empeorando.